El discurso hegemónico del feminismo de género oficial sitúa a la Iglesia Católica y a la tradición europea como los grandes creadores de eso a lo que llaman patriarcado y, por lo tanto, de la génesis de la discriminación de la mujer. En este artículo me propongo demostrar que se trata de una visión equivocada y que precisamente la cultura católica expandida por el Imperio español en la Edad Moderna, por la introducción de la veneración a la Virgen María, fue la que puso en mayor valor la dignidad de la mujer y reconoció y potenció los valores asociados a la feminidad y la maternidad, derivando de ello el reconocimiento de derechos y bienestar para las mujeres.
La visión feminista de la historia parte del dogma progresista que configura una filosofía de la historia que la contempla como una línea recta que va del mal al bien, de la opresión a la liberación, de las cadenas a la libertad y del infierno hacia la utopía, criminalizando el pasado. Eso sí, solo en lo relativo a la cultura occidental, quedando otras exentas de este análisis crítico. Esto se ve reforzado por el marxismo cultural, una teoría procedente de la Escuela neomarxista de Frankfurt, también influida por Freud, que traslada la dialéctica marxista de clases sociales a aspectos culturales, de modo que el motor de la historia ya no es la opresión de patricios sobre plebeyos, nobles sobre campesinos o burgueses sobre proletarios, sino de hombres sobre mujeres, heterosexuales sobre homosexuales, blancos contra negros, colonos contra indígenas y hasta humanos sobre animales.
Por otro camino doctrinal, Karl Popper, excelente filosofo de la ciencia, pero muy mediocre filosofo político, llega a las mismas conclusiones en su ensayo titulado “La sociedad abierta y sus enemigos” que da nombre a la fundación del magnate Soros. La sociedad abierta de Popper al final es muy parecida a la utopía del marxismo cultural: una sociedad feminista y multiculturalista sin marco cultural propio. Digamos que Popper y los pensadores de la Escuela de Frankfurt llegan al mismo sitio por diversos caminos.
En nuestra crítica a estos planteamientos no negamos que las mujeres (como los homosexuales o los indígenas de regiones colonizadas por determinadas potencias) hayan sufrido injusticias o discriminaciones intolerables. Lo que decimos es que esto no es el motor de la historia ni la misma puede reducirse a esta realidad. También en la sociedad tradicional, llamada “patriarcal”, ha habido hombres que han sufrido, sangrado y hasta dado su vida por proteger a sus madres, esposas, hermanas o hijas.
En su camino doctrinal posterior, el feminismo fue transformándose en la ideología de género, superando sus propósitos iniciales de defender la igualdad de dignidad, derechos y oportunidades entre hombres y mujeres, en lo que todos podemos estar de acuerdo, para defender la existencia de un concepto cultural de la mujer que se superpone al biológico y termina por ocultarlo. Simone de Beavuoir dijo en 1949 que la mujer no nacía, sino que aprendía a serlo, en 1970 Kate Millett y Carol Hanisch dijeron en sendos ensayos que lo personal es político y en 1990 la teoría Queer defendió que no existen 2 sexos en la especie humana, borrando la distinción entre hombre y mujer.
Las extravagancias políticas, por tanto, que observamos procedentes de ciertos sectores de feminismo sobreactuado que choca con la realidad, no son improvisadas, sino que responden a una tradición doctrinal de décadas. Sorprende que la teoría Queer, que contradice la biología y la fisiología básicas, observables por los sentidos, haya tenido un acogimiento masivo en universidades y centros de educación superior, hasta formar parte de la ideología imperante actualmente.
Es prototípico de todas las civilizaciones en periodo de crecimiento la puesta en valor de la dualidad hombre-mujer, fuente de vida, y de los periodos de decadencia el confusionismo sexual, la perdida de los valores familiares y la irresponsabilidad en la conducta sexual y reproductiva. Nunca, sin embargo, se había llegado a esta pseudoreligión anticipada y denunciada por Chesterton donde se “exalte la lujuria” y se “prohíba la fecundidad con su trinidad exultante de anticoncepción, sodomía y aborto”.
Siguiendo al historiador Rafael María Molina Sánchez: “En la Antigüedad la situación de la mujer era durísima y su dignidad era continuamente ultrajada en casi todas las civilizaciones. La poligamia y el repudio (únicamente del hombre hacia la mujer) se hallaban ampliamente extendidos, siendo singularmente frecuentes ambos fenómenos en Persia o el antiguo Egipto, por ejemplo. Lo mismo ocurría en la mayor parte de Asia y en China. La devoción a María supuso una auténtica revolución en cuanto a la consideración legal y social de la mujer. Es un hecho que tristemente ha pasado por alto a muchos historiadores, pero que es una realidad absolutamente innegable.”(1) Ciertamente esto ya cambia la perspectiva histórica de nuestro análisis.
Se acusa también a la Iglesia Católica de haber contribuido a la represión de la sexualidad, especialmente de las mujeres, pero también en general. De nuevo este reproche olvida la historia. Durante siglos y siglos, la Iglesia no consideró los pecados de naturaleza sexual especialmente relevantes o más significativos que cualesquiera otros. De hecho, una de las acusaciones de los primeros protestantes al catolicismo era la excesiva tolerancia con la libertad sexual y no reprimir con suficiente dureza a “sodomitas” u otros “libertinos”. Por puritanos entendemos hoy en día a las personas especialmente reprimidas en materia sexual. Pues bien, el puritanismo originariamente fue una facción radical del protestantismo calvinista, que tuvo su origen en el periodo reformista inglés que se desarrolló durante el reinado de Isabel I. Los “puritanos” eran los protestantes ingleses no anglicanos, también perseguidos por las autoridades anglicanas al igual que los católicos (aunque no con tanta virulencia) y entre los que figuran, nada menos, que los fundadores de las colonias americanas que darían lugar al país que ahora conocemos con el nombre de Estados Unidos. El puritanismo era, por tanto, un tipo de protestantismo.
Esto tiene toda la lógica del mundo. Al defender la doctrina de la sumisión a la autoridad, los clérigos protestantes dejan de criticar y de considerar pecado cualquier cosa que hagan los gobernantes, figuras claves en el triunfo de esta religión, configurada como autentica religión nacional o “de estado” de los territorios donde se implantó, gracias a la conversión de sus príncipes o monarcas, que imponen después el nuevo culto a sus súbditos. Si las nuevas iglesias protestantes no pueden considerar pecado ya ninguna cuestión que tenga matices políticos como la usura, la guerra, la pobreza o las matanzas perpetradas contra, por ejemplo, los campesinos rebeldes, ¿en que pueden centrar su atención? En las cuestiones personales. Son ya las únicas que quedan. Y dentro de estas, muy poderosamente, en la sexualidad. De ahí viene cierta obsesión de la religión con el sexo, la mayor atención a los llamados “pecados de la carne” sobre cualesquiera otros en el entorno, como vemos, del mundo protestante. A partir de la Ilustración y, después, de la revolución francesa, la Iglesia católica sufre un proceso similar, aunque mucho más atenuado, una suerte de contagio de la lógica de los “reformadores”, al depender su financiación del poder político, después del robo de todos sus bienes por los revolucionarios o los liberales en las “desamortizaciones”, pero, como vemos, su origen es protestante. El mantenimiento de su doctrina sobre la sexualidad, que la Iglesia está en su perfecto derecho de defender (aunque no de imponer violentamente a nadie, cosa que, de hecho, no hace) no parece tener nada que ver con la represión sexual extrema, que criminaliza el deseo y convierte cualquier manifestación sexual, aunque sea entre esposos y con fines reproductivos, en tabú, produciendo obsesiones malsanas, que, como vemos, en el ámbito cristiano, resulta ser un invento protestante.
Esto también revela la importancia de la afirmación de que “lo personal es político” y conecta con la frase de Hillary Clinton: “Los códigos culturales profundamente arraigados, las creencias religiosas y las fobias estructurales han de modificarse. Los gobiernos deben emplear sus recursos coercitivos para redefinir los dogmas religiosos tradicionales”.(2) El mundo woke justifica un nuevo totalitarismo adentrándose en “lo personal” y significativamente en lo sexual “redefiniendo” los dogmas religiosos y los conceptos morales para adaptarlos a la agenda de la ideología de género.
Además, como el marxismo cultural tiene varias ramas, unas pueden contradecirse con otras dando lugar a situaciones absurdas. Las mismas feministas de género que persiguen techos de cristal o micromachismos imaginarios son partidarias del multiculturalismo y de la inmigración masiva de hombres en edad militar procedentes de culturas misóginas donde las mujeres no pueden conducir, estudiar o salir solas de casa y donde, como recientemente en Afganistán, incluso se prohíbe que su voz pueda ser escuchada en público.
Vamos a presentar algunos ejemplo literarios e históricos que justifican la superior sensibilidad sobre la dignidad y bienestar de las mujeres en el mundo católico respecto a otros como el musulmán o el protestante. Como ejemplo literario del mundo musulmán podemos citar “Las mil y una noches”: El sultán Schahriar sufre la infidelidad de su mujer. Por supuesto, ordena ejecutarla, pero esto no aplaca su ira contra las mujeres. Desde entonces decide casarse cada noche con una mujer y ejecutarla a la mañana siguiente. Tras la muerte de varias mujeres, Schehrezade, consigue por su astucia posponer su sentencia narrando historias y dejándolos a medias para suscitar la intriga de su esposo. Lo llamativo es que en ningún momento se reporta que frente al feminicidio ningún hombre levantara su espada ni se rebelara de ningún modo.
Frente a eso tenemos el “Cantar del Mío Cid”. En sus versos observamos como el Cid mandaba a sus mejores hombres a matar a los Infantes de Carrión por maltratar a sus hijas a las que habían desposado. Cuando estas ya quedan viudas se casan en segundas nupcias con miembros de las casas reales peninsulares, emparentando así a Rodrigo Díaz de Vivar con la realeza, el momento más alto de su honra.
También podemos citar los dramas de honor calderonianos, poniendo como ejemplo “El alcalde de Zalamea”. Un contingente militar pasa por Zalamea y los lugareños deben darles alojamiento. Un capitán viola a la hija de un labrador rico, que cuando es nombrado alcalde, prende al capitán y lo ejecuta. El mismo Rey da por buena la sentencia. Por si esto no fuera suficiente y se atribuyera más al sentido del honor que a la protección de sus hijas, durante la obra, Calderón llama por boca del Alcalde a respetar hasta a la mujer más humilde, “pues de ellas nacimos”.(3)
En sentido contrario, podría parecer que el mito del don Juan es la figura literaria machista por excelencia, pero se olvida que, en la obra original de Tirso de Molina, don Juan paga caros sus devaneos siendo lanzado al infierno, y si en la versión más conocida de Zorrilla se libra en el último momento es porque se arrepiente. Se trata de una historia de castigo o redención, no de un modelo positivo.
De igual modo sucede con Cervantes. Cuando en el Quijote, Sancho es nombrado gobernante de la ínsula de Barataria en una chanza, se le presentan varios pleitos que él, sin embargo, resuelve con mucho sentido común, sorprendiendo los que pretendían burlarse. En uno de ellos, una mujer presuntamente forzada obtiene una indemnización. Sancho le indica al hombre que le quite la bolsa con el dinero, pero la mujer se resiste y se lo impide. Sancho le dice que si hubiera defendido la honra como defendía la bolsa no se vería en esa situación.
Este episodio se toma por las actuales feministas como una muestra de lo que ellas llaman la “cultura de la violación”, pero de lo que Cervantes nos advertía es de otra realidad negada por los actuales defensores de la ideología de género: las denuncias falsas.
Podemos mencionar también ejemplos históricos y no solo literarios. Uno muy llamativo es el de Enrique VIII, que se casó seis veces y ordenó ejecutar a dos de sus esposas. Que uno de los máximos fundadores del mundo protestante y de la modernidad fuese un doble parricida o, como dicen ahora, asesino machista o de género y eso haya sido pasado por alto por las actuales feministas llama la atención.
Más dramática es todavía la caza de brujas, muy superior en el mundo protestante que en el católico y prácticamente inexistente en España, gracias, precisamente, a la denostada Inquisición que, sin embargo, con el análisis racional y metódico de sus procedimientos concluyó pronto que las acusaciones de brujería eran básicamente histeria colectiva. Entre 50.000 y 100.000 personas, principalmente mujeres de clase baja, fueron brutalmente torturadas y quemadas vivas en Europa, acusándolas, entre otras cosas, de provocar malas cosechas, truenos o tormentas.
En contraste con ello podemos citar la rebelión contra Pedro el Cruel. El monarca castellano no se había ganado su sobrenombre por su contundencia contra sus enemigos, que era algo aceptado en la época, sino porque extendía sus venganzas sobre sus madres o esposas, lo que ya resultaba intolerable. Así, la muerte de la madre del infante don Fernando, la reina viuda doña Leonor, el asesinato de la esposa de don Tello, Juana de Lara, y el envenenamiento de Isabel de Lara, viuda del infante don Juan, sublevaron a los nobles y al pueblo. De hecho, el casus beli de la primera rebelión de nobles contra él fue el maltrato a su esposa Blanca, princesa francesa, abandonada por no poder su familia aportar la dote y humillada con amantes, recabando los sublevados incluso el apoyo papal.
Cierto que, probablemente, tras el motivo oficial subyacerían otros menos idealistas y más relacionados con las luchas de poder, tanto entre la Corona y la Nobleza como a nivel internacional, con las alianzas subyacentes con Francia e Inglaterra, pero que la causa oficial fuera esa da a entender la influencia que tenía en el pueblo el menoscabo en la dignidad de una mujer.
Atrapados entre la inmigración masiva procedentes de culturas misóginas y los absurdos de la ideología de género nuestra civilización languidece. ¿No hay en los ejemplos de la literatura española, representativos del ideal español y católico, un vivo contraste con la absurda guerra de sexos a la que pretende lanzarnos el marxismo cultural, un antídoto contra esta enfermedad del espíritu que es la hostilidad impuesta por las élites entre esposo y esposa, madre e hijo, padre e hija y hermano y hermana que representa el feminismo llevado a la locura? ¿No hay en la gallardía española el mejor remedio frente a ese futuro probable en el que nuestras hijas tengan que salir a la calle con burka tras el triunfo del islam en Europa?
El mundo protestante-ilustrado-posmoderno pasó de la represión sexual del puritanismo al fomento de la pornografía y la irresponsabilidad sexual, la trinidad exultante denunciada por Chesterton; pasó de perseguir a mujeres acusándolas de brujas y de provocar los rayos, las tormentas o las malas cosechas al feminismo extremista que amenaza con acabar con la presunción de inocencia de los hombres y nos condena a una guerra de sexos absurda, que ha reducido las tasas de natalidad por debajo de las de renovación social, hiriendo a nuestras sociedades, aparentemente de muerte. Y, esperando para completar el circulo y regresar al punto de partida, la inmigración masiva procedente de culturas donde las mujeres llevan burka, no pueden conducir, estudiar o salir de casa solas. ¿No es acaso la cultura hispano-católica la clave para salir de ese círculo infernal que amenaza destruir nuestra misma Civilización?
(1) Entrevista realizada por Javier Navascués en El Correo de España el 15 de febrero de 2019
(2) Discurso de Hillary Clinton el 24 de abril de 2015, durante la sexta cumbre anual «Women in the World» (Mujeres en el Mundo) en el Lincoln Center de Manhattan.
(3) No hables mal de las mujeres; /la más humilde, te digo /que es digna de estimación, /porque, al fin, dellas nacimos (Calderón de la Barca: El alcalde de Zalamea).




